Tu Ardiente y Colorada Espada
Era una calurosa noche de abril del año 2004. Habían llegado a su cita presurosos; ambos debieron dejar todo de lado para asistir a la vieja, pero hermosa, casona situada en la calle Shintomi Cho.
Una antigua casona de gran tradición, de fachada pintada en un bello color azul acero, con enormes ventanales en tonos blancos, rodeada de frondosos pinos y floridos árboles de sakura de bellas flores color rosa por donde los deseos viajaban desenfrenadamente.
Él era un poderoso hombre de negocios, elegante, robusto, de hermosa y masculina voz. Vestía un traje azul y una impecable camisa blanca que lo hacía parecer aún más atractivo.
Ella, una mujer inteligente, guapa, todavía joven, de cabellos esponjosos y torneadas piernas. Vestía un bello traje negro, muy ceñido, que contrastaba enormemente sobre su blanca piel.
—Hola Yuriko —dijo Takeshi, y agregó—: Gracias por las rosas blancas y por unos instantes maravillosos con Bécquer. Me encantó tu regalo, querida mía. —Se quedó mirándola fijamente, con esos ojos oscuros tan penetrantes que parecían devorarla completa.
—Hola Takeshi —respondió Yuriko, todavía nerviosa e inquieta, correspondiendo a su mirada con infinita pasión y dulzura, posando sus labios temblorosos sobre la mejilla de su secreto amor.
Las palabras parecieron dormirse para dar paso a gritos silenciosos de deseos que se negaban a salir de sus gargantas.
Ambos caminaron pausadamente hacia la casona que Takeshi había alquilado para ese encuentro tantas veces postergado. Atravesaron un largo corredor adornado por bellas pinturas y se sentaron en el salón principal para conversar y tomar una copa.
—¿Cómo has estado, Yuriko? —preguntó calmadamente Takeshi, mientras servía sake en dos bellas copas de cristal.
—No muy bien, y lo sabes. Pero hoy me siento feliz de poder estar aquí contigo —dijo Yuriko, mientras sacaba un cigarrillo de su bolso. Takeshi se apresuró a encenderlo y luego le ofreció la copa—. Te extrañé tanto.
—¿Sabes? Pensé que este tiempo de devorarnos de placer nunca llegaría —dijo, aspirando una profunda bocanada de tabaco y cruzando las bellas piernas, mirándolo con deseo inusitado—. Te he presentido tantas veces más allá de la prisión en la que intenté enterrar todos mis versos. Y por fin estamos aquí.
—Brindemos. Es lo justo, ¿no crees? —respondió Takeshi con una amplia y segura sonrisa. No se veía nervioso; era un hombre de experiencia y personalidad dominante, muy seguro de lo que quería. Esa noche, la deseaba a ella.
—Brindemos —respondió Yuriko, bebiendo la copa de sake de un solo trago—. Por ti, por mí, por un sueño que creí siempre imposible.
Una vez vacía, dejó caer la copa sobre la roja alfombra y se arrojó de súbito a los labios de Takeshi, quien con pasión desesperada respondió devorando la carnosa y húmeda boca de quien sería esa noche su mujer.
—Bendita sea esta casa y todo lo que hay en ella —dijo Takeshi—. Porque hoy estamos tú y yo aquí. Recuerda que en cada visión de nuestra vida vemos las cosas no como son, sino como realmente somos por dentro. Hoy solo somos dos fieras de fuego que queman y se expanden, mi loquita apasionada.
—Todos tienen su verdad, y con razón, porque surge dentro de cada persona con la fuerza de un volcán o con la suavidad de una brisa. Pero hoy mi única verdad, mis deseos, son solo tuyos, mi pequeña traviesa.
Yuriko respondió:
—Mi única verdad eres tú, mi dulce amor. Te he soñado tantas veces. He contado cada día que esperé por ti. No tienes idea de cuánto te he anhelado. Solo bésame. Solo bésame, que tengo hambre de ti.
—No deseo ver las complicaciones que todo esto me traerá. No deseo pensar en nada. Solo sentirte dentro, total y plenamente ensamblado en mí.
Takeshi respondió:
—Calla, mujer. Solo piensa que es un sueño y siénteme. Lo importante, amor, es que hoy soy tu única verdad, aunque mañana todo sea un caos de recuerdos y debas quizás olvidarlo todo e imaginarte tan solo que lo soñaste.
La tomó entre sus fuertes brazos, recorrió el cuerpo de la mujer con los labios y los dientes, centímetro a centímetro, por todos sus flancos, lamiéndole hasta la misma sombra.
La desnuda silueta de Yuriko se escapó del vestido, contorsionándose en espasmos de placeres intensos, mientras los quejidos y los sueños, uno a uno, se convertían en ciclos de movimientos de lujuriosas imágenes entre hembra y macho.
—No te detengas. Nunca te detengas. Dame más, quiero más —susurró Yuriko al oído de Takeshi.
Febril y enloquecida, deslizó sus pequeñas manos entre las piernas de él, percibiendo la dureza de su sexo bajo los pantalones. Takeshi respiró agitado, su rostro encendido, el corazón latiendo como un tropel de salvajes sementales corriendo desbocados por verdes llanuras.
—Sigue, sigue —gritó Takeshi—. Tómame entre tus manos. Así, amor, así —dándole permiso con la mirada para que lamiera y se deleitara con el miembro ardiente que llevaba una y otra vez a su boca, deslizándolo delicadamente sobre su rostro y su cuello mientras lo contemplaba libidinosamente.
Takeshi la cogió por la nuca y tiró de sus cabellos, furioso por el deseo. Deseaba levantarla y meterla completa en sus alforjas, pero no quería apresurarse. La tumbó sobre la mesa, se detuvo, la contempló sin retirarse de ella, besando enloquecido sus lozanos senos.
Yuriko suspiró; su cuerpo latía vigorosamente y dijo:
—Eres todo lo que imaginé y más —mientras, sonriendo pícaramente, se deslizó y volteó, quedando de espaldas a él.
Takeshi recorrió con su ágil lengua la curvatura de la deliciosa y erizada espalda una y otra vez, para luego apretarla fuertemente contra su pecho. Reiteradamente comió y bebió de ella hasta hartarse. Cóncavo y convexo fueron uno, en metamorfosis perfecta, mientras las embestidas de su duro sexo entraban y salían en una ecuación sin fin.
—Dentro, muy dentro. Quiero ser el eterno estuche de tu ardiente y colorada espada —sus uñas se clavaban desgarrando las carnes de Takeshi.
—Nunca, nunca te detengas, amor —repetía Yuriko entre gritos y gemidos.
—Tranquila —murmuró Takeshi—. Solo déjate llevar, hembra mía, por el fluir incontenible de nuestros deseos. Quiero todo de ti.
—Toda mi sed, mi sed absoluta, fluye hambrienta. No me sueltes nunca, amor. Penetra vertiginosamente todos mis silencios y espacios con furia. Crece y crece dentro de mí. Báñame entera de tus tibias aguas blancas hasta desbordarme completa. Construye en mí, con tu fuego y tu palabra, amor, las aspas del molino que motivan mi canto y mis versos.
Takeshi contestó:
—Viviré eternamente en tus memorias, pues hoy dibujé sobre tu blanca piel la contracorriente del olvido, tatuándome como un dragón sobre tus entrañas y tus suaves nalgas.
De repente, dos cuerpos convulsionaron en espasmos acompasados mientras sus miradas se fusionaban, las humedades ardían sobre las sábanas y en los jardines retoñaban los sakura.
Fanny Jem Wong
*08.04.2006*
"La nostalgia es el vestido que cubre los sueños cuando los invoco cada noche."

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De mis manos brotarán amapolas, rojas como la sangre, así quizás mi poesía sea eterna. MI POESÍA SOY YO, FANNY JEM WONG. LIMA - PERÚ.💛